Reflexiones de un viejo teólogo y pensador
En primer lugar, doy gracias a Dios por haber llegado hasta aquí y por haber sobrevivido. De pequeño, con algunos meses, estaba destinado a morir. En aquellos interiores profundos de Santa Catarina, Concordia, todavía no había médicos. Todos, desolados, decían: “pobrecito, va a morir”. Mi madre, desesperada, después de hacer el pan familiar en un horno de piedra, lo dejó entibiar y sobre una pala de madera me colocó unos cuantos minutos allí dentro. A partir de este experimento último, mejoré...