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DE PERSIA AL MUNDO BÍBLICO: LA INFLUENCIA DEL ZOROASTRISMO EN LA ESCATOLOGÍA JUDÍA Y CRISTIANA


Por César Gómez

El zoroastrismo es una de las religiones monoteístas más antiguas del mundo y presenta una manera clara de entender la historia y su final. Según esta visión, la historia humana no avanza sin sentido, sino que es una lucha moral entre el bien y el mal que se dirige hacia un momento definitivo de justicia y renovación. Al final, Dios interviene para juzgar, restaurar y traer un nuevo orden. Esta forma de entender el fin de los tiempos influyó en el judaísmo, especialmente durante el período del Segundo Templo, cuando el pueblo judío vivió bajo el dominio del Imperio persa. En ese contexto histórico, algunas ideas sobre el juicio, la vida después de la muerte y la victoria final del bien comenzaron a tomar mayor fuerza dentro del pensamiento judío. Más adelante, estas mismas ideas también influyeron en el surgimiento del cristianismo y en los escritos de los cristianos del primer siglo. Cuatro conceptos principales ayudan a entender esta influencia: el juicio final, la resurrección de los muertos, la lucha entre el bien y el mal, y la restauración final. Estos conceptos no fueron simplemente copiados, sino reinterpretados desde la fe en el Dios de Israel y, posteriormente, desde la fe cristiana. De esta manera, el zoroastrismo contribuyó al desarrollo del pensamiento apocalíptico y ético que hoy forma parte central del judaísmo y del cristianismo.


El Juicio Final

Dentro del zoroastrismo, la idea del juicio ocupa un lugar central en la comprensión de la vida humana y del destino final de la historia. Según el zoroastrismo, la vida de cada persona tiene un peso moral real y duradero. Después de la muerte, el alma es evaluada en el llamado Puente Chinvat, un lugar simbólico donde se revela la verdadera calidad moral de la vida vivida. Este juicio no se basa en rituales externos, sino en una ética sencilla pero exigente, resumida en el principio: “buenos pensamientos, buenas palabras, y buenas acciones” [1]. Aquellos que han vivido de acuerdo con la verdad y la justicia cruzan el puente con seguridad y entran en un estado de bendición, mientras que quienes han vivido en el engaño y la maldad experimentan separación y sufrimiento espiritual.


Además de este juicio individual inmediato, los textos zoroastrianos también hablan de un juicio concluyente al final de la historia. En este evento cósmico, el mal es plenamente revelado y finalmente derrotado, y la justicia divina se establece de manera definitiva sobre toda la creación[2]. Esta visión presenta la historia como un proceso moral que avanza hacia un desenlace justo, en el que Dios vindica el bien y restaura el orden del mundo. Ideas similares comienzan a aparecer con mayor claridad en el judaísmo durante el período del Segundo Templo. En Daniel 12:2–3, se menciona que algunos resucitarán para vida eterna y otros para vergüenza y desprecio eterno, lo cual refleja una comprensión del juicio más allá de la muerte. Asimismo, los Rollos del Mar Muerto, específicamente en el texto 4Q521, se expresa la expectativa de una intervención divina final en la que Dios recompensa a los justos y juzga a los malvados[3]. Eruditos señalan que este desarrollo del pensamiento judío sobre el juicio final ocurrió en un contexto histórico marcado por la influencia persa, posterior al exilio babilónico.


En el cristianismo, la doctrina del juicio final se vuelve aún más explícita y central. En Mateo 25:31–46, Jesús describe una escena en la que el Hijo del Hombre juzga a todas las naciones, separando a los justos de los malvados según sus acciones concretas, especialmente en relación con el amor y la justicia hacia el prójimo. Aunque el cristianismo no adopta directamente el sistema zoroastriano, algunos eruditos reconocen una influencia indirecta en la manera de entender el juicio como un evento universal, ético y decisivo[4]. El énfasis no está en la observancia ritual, sino en la respuesta moral del ser humano ante la verdad y la justicia de Dios. De este modo, el concepto del juicio final muestra una continuidad y desarrollo entre el zoroastrismo, el judaísmo y el cristianismo, revelando cómo una visión antigua de la responsabilidad moral y la justicia divina ayudó a dar forma a las creencias escatológicas de las tradiciones abrahámicas.


La resurrección de los muertos.

En el zoroastrismo, la resurrección ocupa un lugar fundamental en su visión del final de la historia. Esta cosmovisión religiosa plantea que, al final de los tiempos, ocurrirá la resurrección corporal, cuando las almas volverán a unirse con sus cuerpos físicos. Esta resurrección no es solo espiritual, sino completamente humana: cuerpo y alma restaurados para participar en un mundo renovado, libre del mal y de la corrupción. Según los textos zoroastrianos, esta resurrección es universal, es decir, incluye a toda la humanidad y prepara a las personas para el juicio final de Dios[5]. De este modo, la historia avanza hacia una restauración completa de la creación y de la vida humana.


Después del exilio babilónico, el judaísmo comienza a expresar con mayor claridad la esperanza en la resurrección. Daniel 12:2 es uno de los textos más importantes, ya que habla expresamente de la resurrección de los muertos, tanto para vida eterna como para condenación. Esta esperanza no se limita a una recompensa individual, sino que tiene un fuerte componente moral y colectivo. Otros escritos judíos, como el Libro de Enoc, especialmente 1 Enoc 22, describen la resurrección como parte del acto final de justicia de Dios, en el cual los justos son vindicados y los malvados enfrentan las consecuencias de sus acciones[6]. Así, la resurrección se entiende como un evento que restaura el orden moral del mundo y confirma la fidelidad de Dios.


El cristianismo retoma y profundiza esta esperanza en la resurrección, colocándola en el centro de su fe. En 1 Corintios 15, el apóstol Pablo explica que la resurrección de Jesucristo es las “primicias” de la resurrección final, es decir, el primer acontecimiento de lo que Dios hará con toda la humanidad. El Nuevo Testamento desarrolla así una escatología en dos etapas: la resurrección de Cristo inaugura el tiempo nuevo que ya ha comenzado (“ya”), pero la resurrección general y el juicio final aún esperan su cumplimiento completo (“todavía no”). Esta visión conserva la corporalidad y la universalidad de la resurrección, elementos que ya estaban presentes en el pensamiento zoroastriano y que llegaron al cristianismo a través del desarrollo previo del judaísmo[7]. En conjunto, la doctrina de la resurrección muestra una línea de continuidad entre el zoroastrismo, el judaísmo y el cristianismo. Aunque es importante recalcar que cada tradición interpreta esta esperanza desde su propia fe, no obstante, la idea de que Dios restaurará plenamente la vida humana cuerpo y alma se convierte en un pilar central de la esperanza escatológica compartida por las tres religiones.


La lucha entre el bien y el mal

En el centro de la teología zoroastriana se encuentra la idea de que la realidad está marcada por una lucha moral constante entre el bien y el mal. Esta lucha se expresa a través de dos principios opuestos: Asha, que representa la verdad, el orden y la bondad, y Druj, que simboliza la mentira, el caos y el mal. Estos principios se personifican en Ahura Mazda, el Dios bueno y creador, y Angra Mainyu, la fuerza destructiva que se opone a la verdad. Según el zoroastrismo, la historia no es neutral: es un escenario donde esta batalla moral se desarrolla activamente, y las decisiones humanas juegan un papel importante, ya que cada persona contribuye, con sus elecciones, al avance del bien o del mal[8].

Este modo de entender la historia como un conflicto moral también aparece con fuerza en el judaísmo del período del Segundo Templo. Textos como 1 Enoc y Jubileos describen un mundo en el que existen ángeles fieles a Dios y ángeles caídos que se rebelan contra Él, dando lugar a conflictos cósmicos que afectan a la humanidad. En estos escritos, el mal no es solo un problema individual, sino una realidad que tiene dimensiones espirituales y cósmicas (1 Enoc 10:4–14; Jubileos 4:15). Al mismo tiempo, el judaísmo mantiene firmemente su monoteísmo, afirmando que Dios sigue siendo soberano sobre todas las fuerzas, incluso sobre aquellas que representan el mal. Muchos estudiosos señalan que esta visión dualista, aunque adaptada a la fe en un solo Dios, muestra claras afinidades con el dualismo ético presente en el pensamiento zoroastriano[9].


El cristianismo hereda y profundiza esta manera de entender la lucha entre el bien y el mal. En el Nuevo Testamento, la vida cristiana es descrita como una participación en una batalla espiritual. Por ejemplo, Efesios 6:12 enseña que la lucha del creyente no es contra enemigos de naturaleza humana, sino contra fuerzas espirituales del mal. De igual manera, Apocalipsis 12 presenta una imagen poderosa de un conflicto cósmico entre Satanás y los ángeles de Dios, que refleja una visión del mundo marcada por la confrontación entre el reino de Dios y las fuerzas que se oponen a Él. Estas imágenes muestran cómo el dualismo ético del zoroastrismo, transmitido y transformado a través del apocalipticismo judío, influyó en la forma en que el cristianismo entendió la guerra espiritual, la responsabilidad moral y la esperanza en la victoria final del bien[10].


En conjunto, la idea de la lucha entre el bien y el mal ayuda a explicar cómo las tradiciones judía y cristiana interpretaron el sufrimiento, la injusticia y el mal en el mundo, no como algo definitivo, sino como parte de un conflicto que culminará con la intervención justa y decisiva de Dios.


La restauración final

En el zoroastrismo, el final de la historia no es visto como la destrucción del mundo, sino como su restauración completa. Esta esperanza se conoce como Frashokereti, que significa la renovación final de toda la creación. Según esta creencia, el mal será totalmente derrotado, la injusticia desaparecerá y los justos recibirán la inmortalidad. El mundo material, en lugar de ser eliminado, será restaurado completamente a su estado original, alcanzando el propósito para el cual fue creado. Esta visión presenta una historia lineal y esperanzadora, que avanza hacia un desenlace positivo en el que Dios restaura el orden y la bondad originales[11].


Una idea similar aparece en varios textos del judaísmo, especialmente en los escritos proféticos y apocalípticos. Isaías 65:17–25 describe un futuro en el que Dios crea “cielos nuevos y tierra nueva”, donde el sufrimiento, la violencia y la muerte ya no dominan la vida humana. Esta esperanza no se limita a una salvación espiritual individual, sino que incluye la transformación de la sociedad y del mundo creado. Libros como Daniel y otros textos apocalípticos desarrollan aún más esta expectativa, presentando el fin de los tiempos como un acto decisivo de Dios que renueva toda la creación[12]. Eruditos señalan que estas ideas de renovación cósmica muestran afinidades con la visión zoroastriana de una restauración final de la creación[13].


El cristianismo retoma esta esperanza y la coloca en el centro de su mensaje escatológico. En Apocalipsis 21–22, se describe un “nuevo cielo y una nueva tierra” donde Dios habita con la humanidad, el dolor y la muerte han sido eliminados, y la creación ha sido completamente renovada. A diferencia de visiones puramente espirituales, este pasaje afirma la continuidad entre la creación presente y la futura, transformada por la acción de Dios. En este contexto, la resurrección de Jesucristo es fundamental: no solo confirma la victoria de Dios sobre la muerte, sino que inaugura el proceso de renovación que alcanzará su cumplimiento pleno al final de la historia. Así, la restauración final se convierte en la expresión máxima de la esperanza cristiana, en diálogo con las expectativas judías y con la antigua visión zoroastriana de la renovación del mundo[14]. En conjunto, la idea de la restauración final muestra una comprensión compartida del futuro como un tiempo de sanidad, justicia y vida plena, donde Dios no abandona su creación, sino que la redime y la hace nueva.

En conclusión, el zoroastrismo ofreció una manera clara y esperanzadora de entender la historia humana. Según esta visión, la historia no avanza al azar, sino que es una lucha moral entre el bien y el mal que se dirige hacia un final definido. Ese final incluye el juicio de Dios, la resurrección de los muertos y la renovación de toda la creación. Esta forma de pensar dio un marco ético sólido, en el que las decisiones humanas tienen un peso real y un impacto duradero.


Durante el período persa, estas ideas influyeron en el judaísmo, especialmente en el desarrollo del pensamiento apocalíptico. Textos como Daniel, Isaías, Enoc y Jubileos muestran una esperanza cada vez más clara en la intervención final de Dios para hacer justicia y restaurar el mundo. Estas creencias no surgieron de la nada, sino que se formaron en diálogo con el contexto histórico y cultural en el que vivió el pueblo judío.

El cristianismo retomó esta esperanza y la reinterpretó a la luz de la persona y la obra de Jesucristo. Los escritos del Nuevo Testamento, como Mateo, 1 Corintios, Efesios y Apocalipsis, presentan a Cristo como el centro del plan de Dios para el juicio, la resurrección y la renovación final. Aunque el cristianismo comparte muchas ideas con el judaísmo y con antiguas visiones escatológicas, las transforma al afirmar que el futuro prometido por Dios ya ha comenzado con la resurrección de Jesús y alcanzará su cumplimiento pleno al final de la historia.

Esta manera en que el cristianismo asume transforma y reorienta antiguas esperanzas escatológicas plantea una pregunta fundamental para el estudio bíblico: ¿cómo se desarrollaron históricamente estas ideas y de qué manera fueron reinterpretadas dentro de distintos contextos religiosos y culturales? Es precisamente esta pregunta la que hace necesario un análisis académico que vaya más allá de una lectura exclusivamente devocional del texto bíblico.


Por tal razón considero importante y relevante escribir un artículo como este porque el estudio bíblico académico requiere algo más que una lectura devocional del texto: exige comprender el contexto histórico, cultural y religioso en el que las Escrituras tomaron forma. Muchos estudiantes se encuentran con conceptos como el juicio final, la resurrección, la lucha entre el bien y el mal y la restauración del mundo sin conocer el proceso histórico mediante el cual estas ideas se desarrollaron dentro del judaísmo y posteriormente influyeron en el cristianismo. Explorar la posible influencia del zoroastrismo en el pensamiento apocalíptico judío y cristiano ofrece una oportunidad valiosa para profundizar en esa comprensión.


Este estudio no pretende sugerir que la fe bíblica sea una simple adopción de ideas externas, sino mostrar cómo el pueblo de Israel y la comunidad cristiana del primer siglo dialogaron con su entorno histórico, reinterpretando ciertas concepciones a la luz de la revelación del Dios de Israel y, más adelante, de la fe en Jesucristo. Desde esta perspectiva, la investigación se sitúa dentro de un enfoque académico serio que busca explicar el desarrollo teológico sin reducirlo ni distorsionarlo.

Abordar este tema ofrece varios beneficios concretos para la investigación académica bíblica. En primer lugar, permite una interpretación más precisa de los textos, al situarlos dentro del contexto persa y del período del Segundo Templo, evitando lecturas anacrónicas y fortaleciendo el trabajo exegético. En segundo lugar, ayuda a comprender el desarrollo progresivo de ideas teológicas clave, lo que ilumina la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y clarifica el trasfondo del cristianismo durante el primer siglo.

Asimismo, este tipo de estudio refuerza el uso del método comparativo, esencial en los estudios bíblicos, al enseñar a evaluar semejanzas y diferencias entre tradiciones religiosas sin caer en conclusiones simplistas. Al mismo tiempo, promueve una comprensión teológica más equilibrada, evitando tanto el aislamiento artificial de la fe bíblica como explicaciones reduccionistas sobre su origen.


Finalmente, la investigación sobre influencias religiosas antiguas contribuye al diálogo interdisciplinario entre los estudios bíblicos, la historia de las religiones, la filología y la teología. Esto no solo amplía el horizonte académico del estudiante, sino que también fortalece la credibilidad del estudio bíblico dentro del ámbito académico. En conjunto, este artículo propone un acercamiento académico que enriquece la comprensión de la Biblia, forma lectores más críticos y responsables, y fomenta una fe intelectualmente informada, capaz de dialogar con la historia sin perder su identidad teológica.


[1] Mary Boyce, Zoroastrians: Their Religious Beliefs and Practices (London: Routledge, 1979), 29–32.

[2] Albert de Jong, Traditions of the Magi: Zoroastrianism in Greek and Latin Literature (Leiden: Brill, 1997), 255–260.

 

[3] Florentino García Martínez, Textos de Qumrán (Madrid: Trotta, 1992), 23–30. El autor muestra cómo los escritos de Qumrán reflejan una visión dualista del mundo, donde la humanidad participa en una lucha moral entre la luz y las tinieblas.

[4] N. T. Wright, The Resurrection of the Son of God (Minneapolis: Fortress Press, 2003), 129–134.

[5] Mary Boyce, A History of Zoroastrianism, Vol. I (Leiden: Brill, 1975), 300–305.

[6] John J. Collins, The Apocalyptic Imagination: An Introduction to Jewish Apocalyptic Literature (Grand Rapids: Eerdmans, 2016), 141–145; cf. George W. E. Nickelsburg, 1 Enoch: A Commentary (Minneapolis: Fortress Press, 2001), 300–310.


[7] Mary Boyce, Zoroastrians: Their Religious Beliefs and Practices (London: Routledge, 2001), 155–170.

[8] El dualismo ético del zoroastrismo se articula principalmente a través de los conceptos de Asha (verdad, orden, justicia) y Druj (mentira, caos, engaño), presentes ya en los Gāthās, los himnos más antiguos atribuidos a Zaratustra. Véase Mary Boyce, Zoroastrians: Their Religious Beliefs and Practices (London: Routledge, 2001), 18–29;

[9] A pesar de estos elementos dualistas, el judaísmo mantiene un monoteísmo estricto: el mal no es una fuerza independiente de Dios, sino una realidad subordinada a su soberanía. Véase John J. Collins, The Apocalyptic Imagination (Grand Rapids: Eerdmans, 2016), 43–58.

 

[10] Numerosos estudios reconocen que el cristianismo del primer siglo heredó y transformó el dualismo ético del zoroastrismo a través del judaísmo apocalíptico, integrándolo en una visión teológica centrada en la soberanía de Dios y la esperanza escatológica. Véase Lester L. Grabbe, Judaism from Cyrus to Hadrian (Minneapolis: Fortress Press, 1992), 227–230.

[11] El concepto de Frashōkereti (o Fraša-kərəti) ocupa un lugar central en la escatología zoroastriana y se refiere a la renovación definitiva de la creación, en la que el mal es erradicado, los muertos resucitan y el mundo alcanza su perfección original. Véase Mary Boyce, Zoroastrians: Their Religious Beliefs and Practices (London: Routledge, 2001), 156–170. John R. Hinnells, Persian Mythology (London: Hamlyn, 1973), 145–152.

[12] La idea de una renovación cósmica en el judaísmo se desarrolla especialmente en la literatura profética y apocalíptica del período del Segundo Templo. Textos como Isaías 65–66, Daniel 7–12 y 1 Enoc presentan un futuro en el que Dios interviene decisivamente para restaurar la justicia y transformar la creación. véase John J. Collins, The Apocalyptic Imagination (Grand Rapids: Eerdmans, 2016), 84–102. Lester L. Grabbe, An Introduction to Second Temple Judaism (London: T&T Clark, 2010), 111–115.

[13] Almut Hintze, Defeating Death: Eschatology in Zoroastrianism, Judaism and Christianity (Wiesbaden: Harrassowitz, 2019), 85–95.


[14] Eruditos señalan que, aunque judaísmo y cristianismo reformulan estas expectativas desde una teología monoteísta y Cristo-céntrica, comparten con el zoroastrismo una visión lineal de la historia y una esperanza en la restauración total del mundo creado. Véase Mary Boyce, “On the Antiquity of Zoroastrian Apocalyptic, (1984):57-75

 
 
 

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