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Entre la tumba y la vida: una mirada desde Medina sobre Mahoma y Jesús.

Como biblista formado en New York City y pastor de una iglesia latina en los Estados Unidos, mi formación se ha desarrollado en la intersección entre el estudio académico de las Escrituras y la práctica pastoral en un contexto culturalmente diverso. En el entorno urbano neoyorquino, caracterizado por su pluralismo religioso, he aprendido a interpretar los textos bíblicos no solo como documentos antiguos, sino como palabra viva que dialoga con múltiples cosmovisiones contemporáneas. Asimismo, el contacto con otras tradiciones religiosas, junto con procesos de mentoría y experiencias de viajes educativos que han ampliado mi comprensión teológica, y fortalecido mi sensibilidad intercultural.[1]


En este marco, mi visita a Medina se configura como una experiencia educativa que enriqueció de manera significativa mi marco de referencia. Esta vivencia me llevó a aproximarme al islam no desde la especulación, sino desde la observación directa y el estudio informado. De este modo, se amplió mi horizonte bíblico, teológico e histórico, permitiéndome interactuar con otra tradición religiosa desde una perspectiva más consciente, crítica y contextualizada.[2] En ese contexto, la reflexión teórica se vio confrontada con la experiencia directa. Medina no es simplemente un objeto de estudio, sino un espacio donde la fe se vive con intensidad visible. Multitudes de musulmanes provenientes de diversas regiones del mundo convergen en un mismo lugar, unidos por prácticas compartidas que estructuran cada aspecto de la vida cotidiana. La diversidad de lenguas, culturas y etnias se entrelaza en una unidad definida por la devoción. Cinco veces al día, al llamado a la oración, la ciudad se reorganiza. Ríos de personas se desplazan con determinación hacia la mezquita, respondiendo a un ritmo que trasciende lo individual. Esta disciplina colectiva, marcada por la puntualidad y la reverencia, revela una cosmovisión en la que la obediencia a Dios ordena el tiempo, el espacio y el cuerpo.[3] Como observador formado en el análisis bíblico, no pude evitar reconocer en esta práctica una expresión tangible de convicción religiosa profundamente arraigada.


En el centro de esta experiencia se encuentra la mezquita del Profeta, donde, según la tradición islámica, reposa Mahoma. El ambiente que rodea este lugar es solemne e imponente, caracterizado por un respeto riguroso que regula no solo el comportamiento externo, sino también la disposición interna de los creyentes. La memoria del profeta no es distante ni meramente histórica; es una presencia que continúa modelando la vida de la comunidad.[4] Como biblista, esta experiencia me llevó a formular preguntas no solo devocionales, sino también históricas y teológicas. Como pastor, me confrontó con la necesidad de articular con claridad el fundamento de la fe que proclamo. Frente a una tradición que honra a un profeta cuya tumba permanece, fui llevado a reconsiderar el núcleo del mensaje cristiano centrado en Jesús.


De este modo, emerge la antítesis que estructura este estudio: la tumba ocupada frente a la tumba vacía. Esta no es simplemente una figura retórica, sino una categoría interpretativa que permite explorar dos afirmaciones radicalmente distintas sobre la historia y la revelación. Mientras una tradición se articula en torno a la continuidad de un legado profético, la otra se fundamenta en la proclamación de un evento que desafía las categorías ordinarias de la historia: la resurrección. Este estudio, por tanto, se propone examinar esta tensión desde un enfoque histórico-teológico y apologético, evaluando críticamente las fuentes, las interpretaciones y las implicaciones de ambas tradiciones. En un contexto pastoral latino en los Estados Unidos, donde el encuentro con otras religiones es cada vez más frecuente, esta reflexión no es meramente académica, sino profundamente relevante para la formación de la fe y el diálogo interreligioso. En este contexto, emerge una distinción clave que orienta el desarrollo del presente estudio:


1. Recordar a un muerto o proclamar la vida


Medina representa un lugar de profunda memoria religiosa. Como espacio geográfico y simbólico, la ciudad articula la identidad del islam en torno a la vida y legado de Mahoma. La tumba del profeta, ubicada en la mezquita que lleva su nombre, funciona como un punto de referencia tangible para millones de creyentes que, a lo largo de los siglos, han orientado su devoción hacia este lugar. Históricamente, la muerte de Mahoma no es objeto de disputa significativa dentro de la tradición islámica ni en la historiografía crítica: falleció en el año 632 d.C. en Medina, y su legado se ha preservado y transmitido a través del Corán y la literatura de los hadices.[5]Esta centralidad de la memoria configura una forma de continuidad religiosa en la que el pasado se mantiene vivo mediante la tradición, la práctica y la veneración respetuosa.


En contraste, el cristianismo del primer siglo se articula alrededor de una afirmación que, desde sus orígenes, desborda las categorías ordinarias de la memoria histórica: la proclamación de que Jesús no permanece en la muerte. A diferencia de otras figuras religiosas cuya influencia se perpetúa a través de su enseñanza tras su fallecimiento, el núcleo del mensaje cristiano radica en la afirmación de un evento: la resurrección. Este anuncio no emerge tardíamente como desarrollo teológico, sino que se encuentra en las capas más antiguas del testimonio cristiano. Las cartas paulinas, particularmente 1 Corintios 15:3–8, preservan una fórmula confesional que la mayoría de los estudiosos sitúa en los primeros años posteriores a la crucifixión, lo que indica que la fe en la resurrección no es una elaboración posterior, sino un elemento constitutivo desde el inicio. [6] Este dato resulta crucial desde una perspectiva histórico-crítica. Mientras que la memoria de Mahoma se ancla en un lugar de sepultura verificable y en una tradición que mira retrospectivamente a su vida y enseñanza, el cristianismo primitivo se define por un testimonio que afirma la continuidad de la vida más allá de la muerte. En este sentido, la resurrección no es presentada como metáfora ni como simple esperanza escatológica, sino como un acontecimiento que irrumpe en la historia y que es sostenido por una comunidad de testigos dispuesta a articular, preservar y difundir dicha convicción incluso en contextos de oposición. [7]Así, la antítesis entre ambos casos no se limita a una construcción retórica, sino que revela dos modos distintos de relación con la historia y la revelación: por un lado, una memoria confirmada y localizada; por otro, una proclamación temprana que invita a la investigación histórica. Mientras uno se consolida en torno a la continuidad de un legado transmitido, el otro se fundamenta en la afirmación de un evento que reclama ser evaluado en términos de evidencia, testimonio y coherencia histórica.


2. ¿Se puede confiar en las fuentes? Transmisión y credibilidad


Desde una perspectiva académica, tanto el cristianismo como el islam dependen de tradiciones transmitidas que buscan preservar y comunicar eventos fundacionales. Sin embargo, ambas tradiciones difieren de manera significativa en su desarrollo textual, en los procesos de fijación de sus fuentes y en los criterios mediante los cuales se evalúa su cercanía a los acontecimientos que describen.


El Corán es considerado por los musulmanes como revelación directa de Dios (Allah), transmitida al profeta Mahoma a lo largo de su vida y posteriormente recopilada en forma escrita poco después de su muerte, especialmente durante el califato de ‘Uthmān ibn ‘Affān (r. 644–656 d.C.). Esta temprana fijación textual ha sido entendida dentro del islam como garantía de preservación. Sin embargo, las fuentes que ofrecen un marco narrativo más amplio sobre la vida del profeta como la literatura de la sīra (biografías) y los hadices (dichos y acciones atribuidas a Mahoma) fueron sistematizadas y compiladas varias generaciones más tarde, principalmente entre los siglos VIII y IX. Este desfase temporal ha llevado a los estudiosos a plantear preguntas historiográficas sobre los procesos de transmisión, selección y autenticación de dichas tradiciones, así como sobre la influencia de contextos políticos y teológicos en su configuración final. [8]


Por otro lado, el Nuevo Testamento presenta una colección de documentos diversos producidos dentro del siglo I d.C., incluyendo los evangelios, los Hechos de los Apóstoles y las cartas apostólicas. Estos textos, aunque claramente teológicos en su intención, emergen en una proximidad temporal relativamente cercana a los eventos que narran, particularmente en el caso de las cartas paulinas, que son generalmente fechadas entre los años 50 y 60 d.C. Esta cercanía ha sido considerada significativa en la investigación histórica, ya que reduce el margen de desarrollo legendario y permite un análisis más directo de las tradiciones primitivas. Además, la existencia de múltiples fuentes independientes dentro del mismo corpus fortalece el criterio de atestiguación múltiple, ampliamente utilizado en los estudios históricos sobre Jesús. [9]


A nivel metodológico, es importante señalar que ambos cuerpos de tradición emplean mecanismos de validación interna. En el islam, la ciencia del isnād (cadena de transmisión) se desarrolló como un sistema sofisticado para evaluar la autenticidad de los hadices, analizando la fiabilidad de los transmisores. En el cristianismo primitivo, aunque no existe un sistema formal equivalente, la temprana circulación de textos, la interacción entre comunidades y la preservación de tradiciones en contextos diversos han sido interpretadas como factores que contribuyen a la estabilidad del testimonio.[10] La antítesis se manifiesta aquí como una diferencia en el desarrollo histórico de las fuentes: por un lado, una tradición cuya expansión narrativa se consolida de manera más plena en generaciones posteriores; por otro, un conjunto de testimonios múltiples que emergen en una etapa temprana y que pueden ser sometidos a análisis crítico en función de su proximidad a los eventos. Esta distinción no implica una negación absoluta de la validez de una u otra tradición, sino que señala diferencias sustanciales en la forma en que la evidencia histórica es transmitida, preservada y evaluada. [11]


3. La resurrección: el corazón de la defensa Cristiana


La resurrección de Jesús no constituye un elemento periférico dentro del cristianismo, sino su eje estructural y su afirmación más decisiva. Desde sus orígenes, la fe cristiana no se articula únicamente en torno a enseñanzas éticas o a la memoria de un maestro, sino en la proclamación de un acontecimiento que redefine la comprensión de la historia, la muerte y la esperanza. Como afirma el apóstol Pablo, “si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación” (1 Corintios 15:14), subrayando que la resurrección no es un complemento doctrinal, sino el fundamento mismo de la fe. El argumento apologético clásico en favor de la resurrección se ha estructurado en torno a una serie de datos que gozan de amplio reconocimiento en la investigación histórica contemporánea. En primer lugar, la muerte de Jesús por crucifixión bajo autoridad romana es considerada uno de los hechos más firmemente establecidos por la historiografía antigua, siendo confirmada tanto por fuentes cristianas como no cristianas.[12] En segundo lugar, el testimonio de la tumba vacía, aunque debatido en algunos sectores críticos, aparece en múltiples tradiciones dentro de los evangelios y presenta características que han sido consideradas significativas, como el papel de las mujeres como primeras testigos, un elemento difícilmente explicable como invención en el contexto cultural del siglo I.[13] En tercer lugar, la proclamación temprana y persistente de la resurrección por parte de los discípulos constituye un dato histórico relevante. Estos no solo afirmaron haber visto a Jesús resucitado, sino que sostuvieron dicha proclamación en contextos de persecución, marginación e incluso muerte. Este hecho ha llevado a numerosos estudiosos a considerar que, independientemente de la interpretación final del fenómeno, los primeros cristianos poseían una convicción genuina e inquebrantable acerca de la resurrección.[14] En cuarto lugar, la transformación radical de los seguidores de Jesús de un grupo temeroso tras la crucifixión a una comunidad misionera expansiva, junto con el rápido crecimiento del cristianismo en el mundo mediterráneo, demanda una explicación histórica adecuada que dé cuenta de dicho cambio.


En este contexto, diversos académicos han argumentado que la hipótesis de la resurrección ofrece una explicación coherente y comprensiva de estos datos. No se trata simplemente de afirmar que los discípulos creían en la resurrección, sino de evaluar qué pudo haber generado una convicción de tal magnitud en un entorno donde las expectativas mesiánicas no contemplaban un Mesías crucificado y resucitado en medio de la historia. [15] La fuerza del argumento apologético radica, por tanto, en la convergencia de múltiples líneas de evidencia que apuntan hacia un evento interpretado por los primeros cristianos como real y decisivo.


En contraste, la tradición islámica ofrece una interpretación significativamente distinta de estos acontecimientos. El Corán afirma que Jesús no fue crucificado ni murió en la cruz (cf. Corán 4:157), sino que Dios intervino de manera directa para preservarlo. Esta perspectiva no solo rechaza la muerte de Jesús, sino que, en consecuencia, excluye la posibilidad de su resurrección en los términos en que es entendida por el cristianismo. Así, emerge una antítesis teológica profunda: mientras la fe cristiana se fundamenta en un evento histórico interpretado como victoria sobre la muerte, la tradición islámica reconfigura ese mismo evento, negando su desarrollo histórico tal como es presentado en las fuentes cristianas. Esta divergencia no es menor, ya que afecta el núcleo mismo de ambas teologías. En el cristianismo, la resurrección valida la identidad de Jesús, confirma su obra redentora y establece la esperanza escatológica de los creyentes. En el islam, en cambio, la negación de la crucifixión preserva una comprensión distinta de la profecía y de la acción divina en la historia. Por tanto, la discusión sobre la resurrección no se limita a un desacuerdo puntual, sino que constituye una diferencia estructural en la manera en que ambas tradiciones entienden la revelación, la historia y la salvación.


4. Convicción personal en medio del respeto


Estar en Medina, frente al lugar donde se afirma descansa Mahoma, no produjo en mí rechazo, sino una reflexión profunda y matizada. Lejos de suscitar una actitud de confrontación inmediata, la experiencia me permitió reconocer la seriedad y la profundidad de la devoción islámica, expresada en la reverencia, la disciplina y la centralidad de la práctica religiosa en la vida cotidiana. Sin embargo, en medio de ese reconocimiento, también se hizo más nítida la naturaleza de mi propia fe: una fe que no se fundamenta en la veneración de un sepulcro, sino en la convicción de una resurrección proclamada como evento histórico y vivida como realidad presente.[16]


Esta convicción no descansa únicamente en argumentos históricos o construcciones apologéticas, sino también en la experiencia transformadora de la acción del Espíritu Santo en la vida del creyente. En mi propio caminar, he podido discernir una intervención divina que no solo ilumina la comprensión del texto bíblico, sino que también da testimonio interno de su veracidad. Esta dimensión pneumatológica no anula la razón ni la investigación histórica, sino que las complementa, permitiendo que la fe trascienda una mera adhesión intelectual para convertirse en una relación viva con Dios.


A la luz de Romanos 6, esta realidad adquiere una profundidad aún mayor. La resurrección de Jesús no es solo un acontecimiento que debe ser afirmado, sino una realidad en la que el creyente participa. Morir al pecado y vivir para Dios no es una metáfora teológica distante, sino una experiencia concreta que redefine la vida diaria. En lo personal, esto se traduce en una transformación progresiva del carácter, en una nueva orientación de la voluntad y en la capacidad de vivir bajo el señorío de Cristo. Así, la evidencia del poder de la resurrección se hace visible en la vida del creyente no como perfección inmediata, sino como una vida nueva en proceso, sostenida por la gracia.


En este sentido, la Escritura deja de ser únicamente un objeto de estudio para convertirse en un medio a través del cual Dios habla, confronta y transforma. Como señala el apóstol Pablo, Dios ha escogido “lo débil del mundo… lo vil y lo menospreciado” (1 Corintios 1:27–28), una afirmación que adquiere una dimensión profundamente personal cuando se experimenta en la propia vida. Desde esta perspectiva, mi identidad no se define por méritos académicos o capacidades humanas, sino por la gracia de un Dios que actúa precisamente en medio de la fragilidad. Esta verdad no solo informa mi teología, sino que configura mi práctica pastoral.


A nivel comunitario, esta participación en la vida de la resurrección se hace visible en la iglesia. En mi ministerio dentro de una comunidad latina en los Estados Unidos, he sido testigo del obrar de Dios en contextos marcados por la vulnerabilidad, la migración, la incertidumbre y la búsqueda de sentido. He visto vidas transformadas, relaciones restauradas y esperanzas renovadas de maneras que difícilmente pueden ser explicadas únicamente en términos sociológicos o psicológicos. Estas experiencias, aunque no constituyen evidencia en el sentido historiográfico clásico, forman parte de un testimonio acumulativo que apunta hacia la realidad de un Dios vivo que sigue actuando en el presente. La iglesia, en este sentido, no solo proclama la resurrección, sino que la encarna.


Como latino en los Estados Unidos, en un contexto donde convergen múltiples creencias y cosmovisiones, esta vivencia me sitúa en una tensión constante pero necesaria: sostener una convicción firme sin renunciar al respeto genuino por el otro. El encuentro con el islam, particularmente en un lugar tan significativo como Medina, no debilita mi fe, sino que la obliga a articularse con mayor claridad, humildad y responsabilidad. La apologética cristiana, por tanto, no debe entenderse como una forma de imposición o confrontación agresiva, sino como una invitación honesta a examinar la evidencia, a considerar el testimonio histórico y a abrirse a la posibilidad de una experiencia transformadora con el Dios que no permanece en la tumba, sino que vive y actúa en el presente.


De este modo, la convicción en la resurrección se ve reforzada en múltiples niveles: histórico, teológico, experiencial y comunitario. Esta convergencia prepara al creyente y a la comunidad de fe para celebrar el Día de la Resurrección no como un mero recuerdo litúrgico, sino como la afirmación gozosa de una realidad viva. Celebrar la resurrección es, en última instancia, celebrar que Cristo vive, que su poder transformar y que su vida continúa manifestándose en aquellos que, por la fe, participan de su victoria sobre la muerte.

 

Conclusión


La antítesis entre Mahoma y Jesús, entre tumba ocupada y tumba proclamada vacía no es meramente un recurso retórico ni una simplificación apologética. Constituye, más bien, una clave interpretativa que pone de manifiesto dos formas profundamente distintas de comprender la revelación, la historia y, en última instancia, la esperanza humana. En un caso, nos encontramos con la continuidad de una memoria que se preserva, se transmite y se honra dentro de una tradición religiosa robusta y coherente. En el otro, nos enfrentamos a la afirmación de un acontecimiento que irrumpe en la historia y la redefine: la proclamación de que la muerte ha sido vencida.


Esta diferencia no debe ser caricaturizada ni tratada con superficialidad. Ambas tradiciones poseen densidad teológica, coherencia interna y una profunda capacidad de configurar la vida de millones de creyentes. Sin embargo, el punto de divergencia es ineludible. Mientras una tradición se articula en torno a la fidelidad a una revelación recibida y custodiada, el cristianismo se edifica sobre la afirmación de un evento que no solo debe ser recordado, sino proclamado como decisivo y transformador: la resurrección de Cristo.[17] No se trata simplemente de un elemento doctrinal más, sino del eje interpretativo que da sentido al conjunto de la fe cristiana.


Desde una perspectiva histórica, esta afirmación no se presenta como una idea abstracta o tardía, sino como un testimonio temprano que surge en el mismo contexto en el que los eventos habrían tenido lugar.[18] Esto implica que la resurrección, en el marco cristiano, no es solo objeto de fe, sino también de examen. Lejos de temer el escrutinio, la tradición cristiana ha invitado constantemente a considerar la evidencia, a analizar las fuentes y a confrontar las implicaciones de su proclamación. En este sentido, la fe no se opone a la razón, sino que la convoca y la trasciende.


No obstante, limitar la resurrección a un debate historiográfico sería reducir su alcance. La afirmación cristiana es más amplia: sostiene que aquel que resucitó continúa vivo y actuando. Aquí es donde la dimensión experiencial y pneumatológica adquiere un papel central. La fe en la resurrección no solo se apoya en testimonios del pasado, sino que se confirma en la experiencia presente de transformación personal y comunitaria. Vidas renovadas, identidades restauradas y comunidades reconciliadas se convierten en signos contemporáneos de una realidad que, según la confesión cristiana, no pertenece únicamente al pasado.


En mi propio contexto como biblista formado en un entorno académico y pastor en una comunidad latina en los Estados Unidos esta convergencia entre historia, teología y experiencia no es abstracta. Se manifiesta en la vida cotidiana de personas que, en medio de la fragilidad, encuentran sentido, esperanza y transformación. Esta dimensión vivencial no reemplaza la evidencia histórica, pero la complementa, configurando un testimonio integral que involucra mente, corazón y práctica.


Al mismo tiempo, el reconocimiento de esta convicción no implica desdén hacia otras tradiciones religiosas. Mi experiencia en Medina me permitió comprender que la devoción sincera, la disciplina espiritual y el compromiso comunitario no son exclusivos de una sola fe. Este reconocimiento abre la puerta a un diálogo que no se basa en la imposición, sino en el respeto informado y la honestidad intelectual. En este marco, la apologética cristiana deja de ser un ejercicio de confrontación para convertirse en una invitación: una invitación a examinar, a preguntar y a considerar seriamente la posibilidad de que la resurrección no sea solo una creencia, sino una realidad.


Así, la conclusión de este estudio no busca cerrar el diálogo, sino profundizarlo. La tumba ocupada y la tumba vacía no solo representan dos afirmaciones distintas, sino dos maneras de situarse frente al misterio de Dios y de la historia. Frente a esta tensión, la fe cristiana afirma que la esperanza última no se encuentra en la preservación de la memoria, sino en la irrupción de una vida nueva.


Celebrar la resurrección, por tanto, no es únicamente conmemorar un evento pasado, sino afirmar una realidad presente y futura: que la vida ha vencido a la muerte, que la gracia supera la fragilidad humana y que Dios continúa actuando en la historia. Esta convicción no cancela el diálogo, sino que lo hace más urgente, más honesto y significativo, porque si la resurrección es verdadera, entonces no solo transforma la teología, sino toda la existencia humana.

 

Bibliografía

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